lunes, 10 de enero de 2011

La ley de la selva

Las cinco de la tarde habían caído sobre la oficina, todos ya estaban cansados y el conocimiento de la cantidad de papeles que esperaban por ser ordenados no alentaba a nadie a estar de buen humor. Las caras ya sin expresiones apuntaban a las computadoras y solo se enfrentaban para pedir algún que otro favor. De repente, Paula, a la que siempre le tocaba hacer los mandados, abrió la puerta y tras hacerse paso por la cortina de depresión, apoyó una bandeja colmada de sandwiches de jamón y queso y una botella de Coca-Cola. La transformación de los rostros fue inexplicable, casi tan inexplicable como la rapidez con la que desaparecieron los sandwiches de la bandeja y el líquido de la botella. En tres segundos todos habían reclamado lo suyo. Los que no habían comido se llevaron más parte del botín, pero dejaron cinco restos del divino tesoro que no tardaron en ser robados por los empleados más jóvenes, quedando solamente uno sobre la bandeja.
La comida en la oficina no era nada común a esas horas, y como todo a lo que no estamos acostumbrados, generó discordia. De un momento para el otro comenzaron a haber miradas de sospecha ¿quién sería el que se iba a deleitar con ese último sandwich?
La jefa ya estaba satisfecha, pero algo le decía que para conservar su autoridad debía dejar la bandeja vacía. Desgraciadamente, esta no estaba a su alcance, y pararse para tomar lo que pensaba que le correspondía, significaba correr el riesgo de que alguien más lo tomara antes que ella, quedando así en una situación peor a la que quería evitar.
Por su parte, Paula creía que le correspondía, pero no tenía la confianza suficiente para tomarlo y no confiaba en su jerarquía. Así les pasaba a todos los que estaban allí presentes. Todos analizaban la situación, fríos y con los ojos bien abiertos, preparados para abalanzarse hacia el plato cual bestia a su presa y enfrentar las consecuencias de una guerra terrenal. El que se llevara consigo el último resto, también se iba a llevar el odio de los demás, pero la tentación se tornaba irresistible.
En un abrir y cerrar de ojos, Juan, el nuevo empleado, abrió la puerta y ,tras sacar unas fotocopias, tomó el sandwich y la bandeja pronunciando antes una frase punzante a los oídos de sus compañeros, que más que humanos, ya parecían aves de rapiña:

-¿Quieren que lave la bandeja?
-Si, ahora está manchada con tu falta de respeto ¿No sabés lo que es el derecho de piso?. Dijo el que más años llevaba trabajando.
-Si, pero no imaginé que acá se guiaran por esas ideas. Esto es una oficina ¿no rige la ley de la selva?

Todos callaron y Juan se marchó a la cocina con sus fotocopias, la bandeja y ese ordinario pero glorioso sandwich en la mano. "Esto me va a costar parte del sueldo" -pensó antes de largar una carcajada y darle un mordisco a su botín-.

4 comentarios:

Atenea dijo...

Me gusto mucho, posta.
La típica situación y el final, Juan les cabió a todos che. Da para pensar un ratito. Impecable.
Un beso, Joaco!

Jr. dijo...

Dani: Buenísimo que te guste. Está vez me esforcé un poquito más.

Un beso!

Agus Belén Cott- dijo...

Me gustó.
Juan tiene razón, en la oficina rige la ley de la selva, como a veces también en la sociedad... en fin, este relato me dió hambre jajaj
te mando un abrazo!

Jr. dijo...

La sociedad ES una selva y las oficinas son mucho peores, jajaja.
Que bueno que te guste! De todas maneras tengo un problema con mi escritura a la hora de escribir cuentos, todavía me cuesta. Como me dicen mi hermano y Dani, me falta lectura.

Un abrazo para vos también!