domingo, 15 de noviembre de 2015

La brutalidad de una bomba,
la lluvia fatal de las aves metálicas.
Los estallidos,
el alarido impotente,
la guerra,
la muerte.

La tragedia es transparente entre el humo de piel y huesos, pero en lo cotidiano está velada. Si, la tragedia es tragedia todos los días y convivimos con y pese a ella a diario.

Claro, cuando una bomba explota y miles de personas mueren es fácil ver la nefasta existencia del humano en el mundo. Al contrario, lo nefasto está siempre enfrente nuestro y nos negamos a verlo, o, lo vemos pero anestesiamos nuestro corazón para vivir pese a ello. No estoy hablando de nada extraño, me refiero a la simple desigualdad, a la idiosincrasia de la competencia, a la ley del más fuerte que rige en nuestras vidas materiales; a la simultaneidad del hambre y la comida acumulada, de la carencia y la abundancia.

La riqueza del mundo y el poder del hombre para crearla es impresionante, casi tan impresionante como su capacidad para destruirla. Pero más impresionante aún es la existencia de semejante riqueza y semejante poder de crearla conviviendo con tanta miseria, con tanto hambre, con tanta necesidad.

En nuestros tiempos, la opulencia crea pobreza, cuanta más riqueza se crea, más desigualdad se genera. La riqueza se crea a costa de la miseria y se crea para sí misma, no para saciar las carencias de las sociedades, sino por el simple hecho de reproducirse a sí misma, de llenar de dinero las bóvedas de los bancos.
No se distribuye, se concentra, se centraliza. La riqueza es creada por la humanidad, pero no para la humanidad, al contrario, se torna antagónica a éste, se le enajena y se le vuelve hostil.

Nuestra manera contemporánea de reproducir nuestras existencia es atroz, convivimos con la atrocidad, la reproducimos, la legitimamos con nuestra indiferencia cotidiana y nuestra pasividad.
La venda que llevamos nos condena a la decadencia. Toda lágrima es una hipocresía, por sincera, honesta y real que sea.


El hombre es asesino del hombre.
El hombre es explotador del hombre.

El hombre es víctima del hombre.

El hombre
es enfermedad de sí.

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